Soñando el cine; La forma del agua

Recuerdo hace años, cuando cada primer lunes de marzo me levantaba de madrugada, somnoliento y expectante, y me sentaba frente al televisor para asistir a la Gala de los Oscar.

Entonces era todo un ritual para mí, algo necesario que me producía una especial excitación cinéfila. Una sensación similar a la que sentía cada semana comprando la Cartelera Turia, esa pequeña (de tamaño) revista semanal valenciana con la que podría decirse que abrí los ojos al mundo del cine, empapándome de las persuasivas, y a veces maniqueas, críticas de los estrenos semanales o las sugerencias de las películas de reestreno, como eufemísticamente se denominaba a las películas que llegaban a los cines de barrio, con sus valoraciones numéricas (que siempre iban a misa) y esa pasión compartida por Trufaut, Godard y el cine francés en general, por el genial barroquismo de Orson Welles o las estimulantes e imaginativas intrigas de Alfred Hitchock; también por el excitante surrealismo de Buñuel, el naturalismo social de Bardém y Saura o el sugerente, y valencianísimo, sarcasmo de Luis García Berlanga dentro del cine patrio, tan necesarios e imprescindibles para nuestra cultura como masacrados por la censura de un interminable régimen anclado en el pozo del tiempo.

Portada del primer número de la Cartelera Turia
Primer número de la Cartelera Turia

Que la Turia calificara una película con un 4 o un 5, dándole el estatus de obra maestra, aunque fuese de una potencia en cine como Liechtenstein, suponía una peregrinación casi religiosa a la filmoteca o a la sala de Arte y Ensayo (aquellas genuinas salas con nombres como Xerea, Aula 7 o Acteón donde pasaban películas de culto o fuera de circuito comercial), donde la echaran. Así, confiando en su erudita opinión cinéfila, en mis años adolescentes y de tránsito a la madurez pude visionar verdaderas joyas cinematográficas, pero también tragarme sesudos truños como pianos (no, no voy a citar títulos ni nombres). La realidad es que la aportación cultural y política, decididamente trasgresora y progresista (¡ay ese Turia dice…, ay esos Huevos de Colón!) y su influencia cinéfila en mí, y estoy seguro que en parte de aquella generación valenciana a la que pertenezco, fue enorme.

También, como buen aficionado al cine que me consideraba, echaba a menudo mano de la fresca y ligera, aunque siempre bien informada Fotogramas y por supuesto de los concienzudos y amplios análisis de la revista Dirigido por Imprescindible esta última si se quería profundizar en esto tan idílico y cargado de mitos que es el cine; o con la fugaz pero excitante Casablanca, papeles de cine, que dirigió Fernando Trueba.

Durante años, visitar el kiosco para hacerme con la correspondiente publicación recién salida de la imprenta fue más que un hábito, era una tradición (de Cartelera Turia, que ya va por los 54 años, tengo más de 1.000 números guardados, incluido el primer ejemplar de 1964). Si a esto le sumamos que me hacía con todo libro sobre cine que encontraba en librerías de viejo, se puede decir que leía más cine incluso del que podía ver.

En mi memoria esta prendida la imagen de algún exultante actor más o menos famoso, figurita dorada y puño en alto, largando edulcoradas dedicatorias familiares mientras un titubeante traductor con acento anglosajón chapurreaba frases, casi siempre inconexas, como buenamente podía a la lengua de Góngora (parece mentira como han ido ganado esas traducciones instantáneas). Yo, estirado en el sofá, café cargado y sobredosis de nicotina (entonces todavía fumaba, y mucho) asentía a todo en nocturno silencio durante las más de cuatro horas que duraba el espectáculo.

Al principio, allá por mediados de los 80, lo disfrutaba en aquella TVE única, con carta de ajuste de primerizos colorines y regusto a Cheers, La Bola de Cristal o La Edad de Oro de Paloma Chamorro; después en Canal Plus, la pionera televisión de pago con sus películas de estreno, de esas que todavía relucían de nuevas en los videoclubs, y sus partidos de fútbol, codificados en siluetas mareantes y borrosas, con ruido como de chapoteo sobre la que muchos se dejaron la vista tratando de confirmar que equipo había marcado gol o identificar las escenas de las películas, sobre todo las de los viernes por la noche, cuando aquellas incipientes X televisivas inflamaban cual pelotas de tenis numerosas pupilas hambrientas de ardores lujuriosos. Algunos, fumados de tanta raya, aseguraban con total convencimiento que veían nítidamente todo el trajín que allí sucedía.

Después, como mi economía no me permitía abonar las tasas del plus, me pasé a la radio. La ceremonia de despertarme y pasar la noche en vela era la misma, solo que ahora lo hacía encogido a la posición fetal, arrebujado dentro de la manta y con el transistor marcando la oreja hasta el escocido. Luego, cuando ya amanecido entregaban el Oscar a la mejor película y concluía el evento, yo me marchaba a trabajar satisfecho (o no, dependiendo del ganador) pero con la legaña y el sueño puesto ya para todo el día.

Hoy sigo haciéndolo, aunque ya solo oigo el final. Reconozco, no sin cierta vergüenza, que algo de pasión cinéfila he ido perdiendo por el camino. Esos tiempos en los que me sabía al dedillo el director de casi cualquier película ya van quedando algo lejos, casi tanto como la frescura de la propia memoria. Pero el sosiego que me aporta el cine, el cosquilleo de sensaciones cuando la música entra in crescendo, abriendo los títulos de crédito al final de una de esas películas que han sabido atravesarme la piel, solo es comparable al que siento cuando la palabra fin rubrica alguna de las historias que tanto me cuesta alumbrar. Todavía sueño el cine a través de las palabras.

Quizás por eso me alegró que este año el Oscar a la mejor película se lo dieran a La forma del agua, esa historia de Guillermo del Toro que habla de discapacitados y excluidos, de seres diferentes, de los perdedores de la sociedad. Una fábula de intriga sensible y emocionante, mágica, en un ambiente a veces opresivo y claustrofóbico pero envuelta de imágenes con un cierto regusto como de otros tiempos y de un espectacular lenguaje visual que parece flotar sobre nuestras retinas. Yo, apostaba por ella.

Es fácil empatizar con esa chica muda y poco agraciada que cada noche se masturba en la bañera antes de coger el rutinario autobús que la lleva a su trabajo de limpiadora, fregando en un inquietante laboratorio ultrasecreto durante la Guerra Fría. Pero ella no trasmite pesar por su suerte. Al contrario, sonríe mucho, baila por los pasillos y lee frases positivas. Es feliz en su mundo, con sus amigos, las dos únicas personas con las que se comunica a través del lenguaje de signos: una compañera de trabajo negra que siempre anda pendiente de ella y un viejo artista homosexual de asolada estrella al que se empeña en cuidar.

Un día, descubre el secreto que se esconde en las catacumbas del bunker: un hombre anfibio recluido para experimentar con él. (Me encantó la poca disimulada semejanza con la criatura de aquella joya de 1954 que era “La mujer y el monstruo”). Un extraño ser que es mucho más humano que aquellos que le torturan. La curiosidad inicial da paso a la compasión y finalmente a una delirante historia de amor; también de amistad desprendida cuando ese grupo de marginados se propone salvarlo, perseguidos con saña por el sádico agente Strickland.

El resultado de esta película es un hermoso homenaje al cine, donde se habla del calor entre seres diferentes, del sexo y la capacidad de amar en las circunstancias más duras, con un final que alcanza dimensiones de verdadera poesía cinematográfica.

Y es que, desde mi punto de vista, La forma del agua es cine, puro cine, del que marca recuerdos, como el que verdaderamente nos hacía soñar de pequeñitos; el que siempre dejaba claro donde estaban los buenos y donde los malos, un cine de ilusiones y deseos en el que al final ganaban los buenos y que nos satisfacía porque no necesitábamos más. Es cine de infancia trasladado a mensaje de hoy. La realidad del día a día ya se encarga de dejarnos claro que la vida está sobrecargada de matices y de grises, de detalles, y que en el mundo real casi siempre quienes ganan son los malos.

Por mi parte, hasta ahora consideraba que el mejor trabajo de Guillermo del Toro era El Laberinto del Fauno, esa película enorme que me desgarra el corazón, y probablemente lo siga siendo todavía, pero La forma del agua está a su altura como poco y al menos salgo del cine no solo satisfecho de haber visto una gran película, además salgo siendo feliz. Y eso, hoy en día, ya es mucho.

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